• Hugo Marroquin

Volar y escribir.

Dejar de viajar por la pandemia fue en parte un reencuentro con algo de paz, un desacelere necesario ante lo frenético que habían sido los últimos años. La carrera desde y hacia los aeropuerto, las noches en hoteles y el falso glamour que eso provoca en ojos de extraños dejó de existir.

Sin embargo, como a tantos, me inundaron las ansiedades, los miedos, la incertidumbre. La mente comenzaba a moverse por lugares brumosos. La vida continuaba aún con sus finales y sus sorpresas.

Las horas en las salas de aeropuertos y adentro de los aviones que antes habían sido un espacio natural para mi escritura… desaparecieron. La bruma en mi mente dejó de ver esa historia que antes de la pandemia se escribía en mi mente mientras caminaba o tomaba un café y me apresuraba de dejar la idea en una nota en el teléfono antes de olvidarla.


Pero hoy vine a mi tierra por unos días, me reencontré en ese espacio cerrado lleno de gente y durante unas horas estuve en ese lugar donde el cielo es siempre azul, donde a veces y muy abajo las nubes o la tierra o el mar.

Recordé una idea que hace unos días había tomado posesión en mi mente, saqué un teclado inalámbrico que compré hace un mes para poder escribir en mi tableta. La señora sentada a mi lado y con quien nunca crucé palabra me miró con extrañeza. Me puse a escribir.


La primera sorpresa fue volver a escribir. La segunda fue que había llevado a mi personaje a unas décadas en el futuro y sin saberlo ni pretenderlo en aquel entonces, algo del mundo que imaginé antes de la pandemia lo he vuelto a mirar con vigencia.


Y tras la pandemia, o en ella, o en los albores de ella… la esperanza. Porque reencontrarse provoca eso, esperanza.



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