Los Siguientes de Pedro Simón [reseña]
- Hugo Marroquin
- hace 4 días
- 2 Min. de lectura
Hay edades en las que nos sentimos eternos, infinitos. No se entiende la caducidad. No hay forma de saber cómo es esa noche cuando una ausencia hace de una cama un espacio de piedras donde nada florece.
Luego, llegan las edades donde vislumbramos el ocaso sin sentirnos aludidos. Vemos el descenso en una secuencia lentísima de colores ocre, como el filtro ese que ponen siempre los gringos en sus películas cuando están en México.
Como espectadores indolentes, observamos. Nos damos lujos: no escuchar, hartarnos de los historias repetidas y dichas mil veces. De las anécdotas de antaño. Bostezamos. ¡Cuántas veces las hemos escuchado ya!
Y pensamos que tenemos cosas más importantes por hacer que acompañar esas horas de imperceptible descenso. Hay tantas cosas en la vida que nos apremian.
Nos embarramos en la arrogancia de quien se cree eterno. Pero la juventud se desvanece en un dolor en las rodillas, en los números que dicen los laboratorios, en la cantidad de pasos diarios que cuestan como un maratón, en los pequeños olvidos, en la búsqueda de calma.
Llegan esas edades, a veces circunstancias, que nos recuerdan que somos los siguientes. Que ya no son ellos los viejos. Vemos sus caras de hastío cuando recordamos, cuando pedimos repetir una palabra porque no escuchamos bien, cuando pedimos que desaceleren el paso porque nos agitamos en una pequeña cuesta.
Y luego, ya no hay edades. Apenas momentos, instantes que salvar. Porque todo pasó demasiado rápido. Hay tantas cosas que no habrán de pasar, porque las oportunidades no volverán. Solo quedan instantes. Un día sin dolores es un día feliz. Aprendemos a preferir los silencios, para que nadie tenga que repetir nada, para evitar ver esos gestos de desagrado, para no ser humillados. A callar los males para no molestar a nadie. A resignarnos con acariciar un álbum de fotos y mirar escenas que ya ni recordamos.
Es algo así este libro, Los Siguientes de Pedro Simón. Pero demasiado bello, tierno, dulce. También es duro, crudo, cruel. Las miradas desde y hacia la vejez, entendiendo la vida entera. Entender cómo somos cuando amamos eso que quizás es —tantas veces— lo más difícil de amar: la familia.

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