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El cambio que nos destroza

Foto del escritor: Hugo Marroquin
Hugo Marroquin
hace 11 minutos
2 min de lectura

Reseña de Wendy E. Castillo

⭐️⭐️⭐️⭐️ en Goodreads


¿Cuántas veces hemos transitado por caminos que parecen indescifrables? Muchas veces quizás, por el dolor que genera una separación, o la simple idea de hacerlo. Ello se vuelve una de las formas más agónicas que alguien puede experimentar, y en el caso de una pareja, la repartición de dolor no siempre es tan 50/50, siempre habrá quien ha de llevar el peso más fuerte. Y es justo aquí, en medio de esa experiencia de dolor, en donde se tiene que lidiar con las más asombrosas batallas que dicha separación conlleva, como es asumirla, sobrellevarla, entenderla, aguantarla, en fin, salir al mundo, porque justo este le recuerda: “la vida sigue”.


La historia de este relato [Los Años de los Amantes], es una muy generosa descripción en torno a la vida emocional del personaje, narrado en primera persona, y sus experiencias amorosas. El autor, describe con gran detalle y de forma alegórica la vida interior de su personaje, a veces como explosiones de júbilo, amor y placer por la vida o visto desde la dualidad, como implosiones de terror, incertidumbre y desamor.


La obra maneja al tiempo como un elemento primordial (desde el título del libro) y se vuelve el articulador de la narración: “El miércoles 21 de agosto…”, “El sábado 3 de agosto…”, “Una carta 6 meses después…”, con ello el personaje se sitúa en un punto determinado, entre sus recuerdos y los lapsos transcurridos para saltar a otro lugar en el espacio narrativo. Así, transmite la idea de que el tiempo puede sanar las heridas, o hacer de los amargos sabores, el recuerdo de lo que se marcaría como el inicio del fin.


Una voz consejera, una voz sabia y lejana, una voz interior acompaña al personaje, es un escucha, es un lector de sus intenciones, de sus emociones. Lo reta, lo regaña, lo aterriza, a veces lo induce; al final lo conocemos, por mientras aparece como un mero texto de Whatsapp para manifestarse en momentos contundentes. Pareciera que los hombres casi siempre transitan sus indescifrables caminos acompañados. Si la experiencia permite conocerse más a sí mismo y aprende a escucharse como el mejor concejal de sí, como en algún punto esboza el personaje: “…para no perder la oportunidad de construir al hombre que soñé de mí, para no perder al niño que habitaba en mí “, entonces ese camino habrá valido la pena descifrar.


Termino con una frase de Edgar, el hijo del conde de Gloucester en el Rey Lear, que me recuerda la sacudida del personaje ante la sensación de incertidumbre cuando una separación era inminente:


“El cambio que nos destroza nos llega siempre cuando estamos instalados en lo mejor. Lo peor, en cambio, nos devuelve a la risa. Bienvenido, pues, aire insustancial que ahora abrazo. El miserable a quien has lanzado con tu soplo rumbo a lo peor, no debe nada a tus soplos.”

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