Esperanto: elegir siempre las utopías
- Hugo Marroquin
- 18 abr
- 3 min de lectura
Puede ser muy ingenuo —aunque también muy hermoso— creer que un idioma puede cambiar el mundo.
Yo tenía 17 años cuando descubrí el Esperanto, el idioma universal, en aquellos primeros años del internet, cuando no existían los algoritmos y las búsquedas seguían la lógica de la sección amarilla. Nada de feeds optimizados ni recomendaciones personalizadas.
Sólo tu curiosidad.
Y entre las mías, estaban aquellas que pensaban en resistirse "al imperio", en no ser dominado por la cultura avasallante de los estadounidenses. Decidido a no aprender inglés y aprender otro idioma además del francés, busqué.
El Esperanto no era sólo una lengua. Era una promesa de un mundo que también anhelaba. Un idioma que partía de la equidad entre culturas, por la posibilidad —casi utópica— de que entendernos fuera más importante que imponernos. En ese momento de mi vida, marcado también por mi experiencia como estudiante de intercambio con AFS, esa idea no me pareció ingenua. Me pareció necesaria.
Venía de descubrir el mundo como algo más amplio que mi propia geografía, y el Esperanto se sentía como una extensión natural en mi camino.
Lo convertí en proyecto.
En la clase de emprendedores de la prepa mi proyecto fue crear una editorial: Ediciones Libero Meksiko. El producto principal era un curso de Esperanto. Lo armé con lo que tenía a la mano en ese entonces gracias a un –todavía incipiente– internet. También desarrollé un pequeño diccionario que cabía en un disquette. Confiaba que eso era algo que podría transformar más mentalidades para ordenar de manera diferente el mundo.
No sucedió en la manera que esperaba, pero fui reconocido por mi emprendimiento ficticio.
Finalmente aprendí inglés, no por sometimiento, sino por entendimiento. Luego chino mandarín. Y el esperanto se quedó ahí, como se quedan muchas cosas importantes: en pausa, pero no olvidadas. Como un códice que no se desvanece, sólo espera volver a ser visto.
Treinta años después, me lo volví a encontrar.
No en un foro perdido de internet ni en un intercambio cultural, sino en Duolingo. Podría parecer banal, incluso contradictorio: redescubrir una lengua con vocación humanista a través de una app gamificada, diseñada bajo lógicas de retención de atención y control de tu tiempo.
Pero ahí estaba.
Volver al Esperanto hoy no tiene que ver con aprender un idioma, digamos, útil para viajar a un país específico. Tiene que ver más con recordar quién era yo cuando creía en utopías sin desasosiego.
Practicarlo hoy es mi momento íntimo. Pero también es una forma de resistencia.
En un mundo donde el lenguaje se fragmenta, de deforma, se polariza y se instrumentaliza para fomentar mentiras, volver a pensar en una lengua creada para la comprensión mutua entre individuos, sin imposición cultural, sin carga ideológica, sin dejar a nadie atrás, es un lugar que vale la pena salvar.
No sé si el Esperanto logrará algún día aquello para lo que fue concebido.
Pero por ahora, el valor del Esperanto no está sólo en su alcance, sino en su intención. En recordarnos que es posible imaginar otras formas de relación entre nosotros.
Y en ese sentido, volver al Esperanto —treinta años después— no es mirar hacia atrás.
Es volver a elegir.
Sobre este blog:
El blog de Hugo Marroquín es un espacio ecléctico donde encontrarás las mejores reseñas y recomendaciones de libros, novelas, ensayos, series, películas y videos de YouTube. Además, explora escritos íntimos, originales e inéditos sobre reflexiones personales, viajes e inquietudes de un mexicano expatriado en Colombia. Todo el contenido es creado por Hugo mismo, no por inteligencia artificial.
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