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Nancy fue mi amiga

  • Foto del escritor: Hugo Marroquin
    Hugo Marroquin
  • hace 12 minutos
  • 3 min de lectura

Cuando regresé a la escuela después de las vacaciones de verano, mi amiga Nancy ya no lo hizo. Contuve la extrañeza algunos días. No tenía el teléfono de su casa. Nadie hablaba de ella —lo que quizá era entendible pues no nos llevábamos con nadie más, éramos sólo ella y yo—. Una maestra entonces trajo noticias: Nancy había muerto.


No podía entender la muerte, solo sentía su ausencia. ¿Cómo comprender aquello que no se atestiguó? Antes del verano todo había sido normal: nos sentábamos en la misma banca del salón, pasábamos los recreos juntos, como si no hubiera nadie más alrededor. Jugábamos en los animales de concreto del parque frente a la entrada de la escuela. Casi nadie iba por ser más pequeño del que estaba a la salida, donde se ponía el señor de las jícamas con chile. No importaba cuánto corriéramos, ella siempre tenía el cabello perfectamente recogido en una cola de caballo trenzada que le llegaba al cuello.


Después de que la noticia me derrumbó, averigüé el número de departamento en donde vivía. Conocía el edificio, pues más de una vez la había acompañado al salir de la escuela. Entonces comencé a merodear, me acercaba hasta la puerta sin tener el valor de tocar el timbre. ¿Quién abriría? ¿Qué le diría? No sabía qué hacer con su muerte. En algún momento me enteré de la causa. Las maestras eran poco discretas: fue alguna enfermedad con un nombre tan grande que no supe qué hacer con él.


Nancy fue mi amiga algunos meses de la primaria. Se fue repentinamente. Lloré mucho a escondidas. Nunca hablé de ella en casa. Quizás ella tampoco de mí. Podría parecer que sólo compartimos recreos y ratos después de clases, pero aquí estoy, aún recordándola. Es que fuimos amigos, existimos juntos.


En algún momento, por esa época, miré a mi hermana llorar a mares con su mejor amiga tras ver una película que en ese momento me rehusé a mirar —no me gustaba el drama en la pantalla—, pero el eco de la música quedó sonando en el aire del hogar familiar. Había un cassette de la banda sonora en casa. Comencé a escucharlo aún sin entender una gota de inglés. La música era triste, nostálgica. Y las melodías tristonas siempre me gustaron.


Hay una imagen que todavía permanece conmigo: las dos amigas sentadas en una terraza con vista a una playa del mar Pacífico, la luz del ocaso las ilumina bajo un cielo ligeramente nublado. Una de ellas observa a la otra con la mirada perdida en un horizonte que jamás habrá de tocar porque la vida se le extingue poco a poco.


— ¿Cómo se traduce al español el nombre? —pregunté—.

— Playas, Beaches quiere decir playas.


Al escribir esto comienzan a sonar en mi cabeza la voz de Bette Midler. El soundtrack de esta película se convirtió en el de muchos de nosotros cuando queremos decirle a un amigo: ¿acaso supiste que eres mi héroe? ¿que eres todo lo que yo quisiera ser?


Muchas canciones siguen en mis playlists tristes. Y hace unos meses volví a verla. Es una película que todavía apachurra al corazón. Pensé en esos amigos que ya no son un secreto, sino las columnas de mi vida, y en cuánto deseo que estemos ahí para acompañarnos cuando el horizonte sea un imposible.


Este texto fue publicado originalmente en mi newsletter Fuera del Algoritmo #10 Existimos juntos.


Fuera del Algoritmo es un espacio donde comparto historias, recuerdos y reflexiones que escapan a la lógica del contenido automático o la inteligencia artifical.


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